Las cotidianas peripecias de un habitante común y corriente, en un día que desearía que no fuera tan común.
Semejante alboroto comienza ya a molestarte. Sumado a todo, el chico de abajo – porque tenés la impresión que es alguien joven, un estudiante; es difícil conocer a los vecinos cuando nunca se está en el departamento – conectó su novísimo y potente equipo musical. Se suscita una repetición constante de vibraciones – que hacen peligrar la integridad de los vidrios de tu departamento –, ruidos y golpes, todo al ritmo de “El muelle de San Blas”, del grupo mexicano Maná. Lo único que logra superar aquellos decibeles, a modo de acompañamiento extravagante, son los gritos de la familia y el chirrido histérico de los pájaros.
Desesperado, empezás a pulir aquel texto comercial que tu jefe necesita para el mediodía. “En algún momento este manicomio tiene que terminar”, pensás, más con anhelo que con convicción. Pero no es así. Se suman: los portazos que dan varios vecinos del piso al entrar y salir de sus casas – con esa violencia contenida que parecen estar empecinados en descargarse contra cualquier puerta con la que se crucen –, las corridas de los niños por los pasillos del edificio – con vacaciones obligadas debido al “alerta-no tan alerta sanitaria” –, el rugir de los muebles contra el piso de la anciana de arriba – quién sabe cómo logra mover todo; con sus aparentes ochenta años le has abierto varias veces la puerta de la calle, pero resulta que en su domicilio es más parecida al increíble Hulk que a la viejita de Twity – y, lo que no podía faltar, una discusión entre el encargado y el cobrador de la inmobiliaria, justo frente a tu puerta.
Al borde del colapso, das los últimos retoques al texto. Ya decidido a enviarlo, se activa la ruidosa bomba de agua del edificio – que por las noches se siente como si estuvieras durmiendo en un cuarto de máquinas – al mismo tiempo que se inicia el movimiento de un ascensor. El destino está en tu contra: el pico de consumo hace que se produzca un bajón y te apague tu PC, justo cuando estabas por grabar el material.
Las explicaciones posteriores que le expones a tu jefe son inevitablemente poco convincentes. Nadie puede creer que esto suceda en un pequeño departamento de capital, y que todas cuestiones desencadenen semejante conflicto, que culmine con el impedimento de entregar un trabajo a tiempo. Ni siquiera cuando estabas iniciando la defensa a tu favor sabías que lo que saldría de tu boca sería creíble. ¿Un día que se da como obligada actividad laboral hogareña y, justo ese día, es en el que todo surge en tu contra, impidiendo que cumplas con tus obligaciones profesionales? “Suena más a "me volví a meter en la cama y me quedé dormido"”, diría la sabiduría popular.


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