Las cotidianas peripecias de un habitante común y corriente, en un día que desearía que no fuera tan común.
Varias veces nos despertamos a la mañana para realizar nuestras actividades diarias y nos encontramos con que el vecino de al lado, quién se levanta antes que vos - siempre existe alguno, por más madrugador que seas - tiene la radio a todo volumen.
Resuelto a no empañar tu día desde tan temprano, intentás evitar que este hecho te perturbe. Después de varios "om" y control mental, entrás en la ducha y te preparás para el arduo día que se avecina. Es entonces cuando, la mujer del segundo, saca su precaria jaula en aquel patio-terraza minúsculo – que sirve más como bodegón que como un “espacio abierto y verde” – y te acribilla con sus dos no-tan-pequeños pájaros que emiten un sonido aterrador: un chillido penetrante que ni siquiera se asoma al canto de un ave como la gente – un canario, o un ruiseñor, por ejemplo –.
Frente a esto, y sólo ese día porque realmente te levantaste optimista, repetís mentalmente unas cien veces que “todo está bien” y te bañás, tomas un té o mate con unas tostadas y te vestís. Una llamada telefónica detiene tu salida a la calle: debido al brote “repentino” y mediático de la gripe por Influenza A (H1N1), tu jefe te informa que trabajarás desde casa, en tu computadora. El sólo hecho de evitar el bullicio y tránsito de la calle – y el poder ponerte nuevamente el pijama; hay que reconocerlo, soñabas durante mucho tiempo con poder hacer eso un día laboral – hace que saltes de alegría, pero simules preocupación al otro lado de la línea.
Sentado ya en tu computadora, abrís tu casilla de correo y algo detiene el ingreso de emails. Evidentemente, algún amigo o compañero te envió uno de esos correos electrónicos pesadísimos, de tres megas, que sirven más de tapón binario que de otra cosa. Mientras esperás a que las actividades que te envió tu jefe lleguen a tu bandeja de entrada – pulsando esquizofrénicamente F5 en el teclado –, suspirás aliviado porque el vecino, que se levanta temprano, apagó la radio y se fue. Aún así, el horrible chirrido de los pájaros se mantiene concienzudamente, poniendo a prueba tus sentidos, traspasando toda pared, ventana y puerta existentes. Están allí, como si los tuvieras a un costado de tu sala.
El correo al fin llega, lo abrís, decidido a avanzar las tareas profesionales de una vez por todas, antes de que tu jefe te recrimine el retraso por chat. Ya a esa altura, la familia ubicada en un piso más abajo y al costado de la columna de departamentos de tu ubicación, se despertó. Nuevamente, debido a las medidas improvisadas por el brote de gripe por Influenza A (H1N1), el padre, la madre y el niño de cuatro años están allí – el pequeño pareciera que hace un lustro tiene esa edad –. A grito “pelado”, el infante le reclama atención a sus progenitores, quienes, a su vez, están entrelazados en una discusión acalorada, siendo “idiota” y “tarada” los epítetos más decorosos.
(Fin de la primera parte)