miércoles, 26 de agosto de 2009

Las cosas pasan sólo cuando ellos lo dicen

Es increíble como los medios de comunicación transforman un hecho que ya venía desarrollándose en una noticia nueva. Si bien es cierto que el fallo de la Corte Suprema de Justicia respecto al consumo privado de marihuana es importante, se toma como una cuestión recién surgida, cuando ya instancias inferiores la Justicia venía mostrando la tendencia a despenalizar el uso de esa droga siempre que sea en pequeñas cantidades, para consumo personal y que no afecte a terceros. Si la Corte hubiera fallado en contra, tendríamos sí una gran noticia, debido a que esa decisión habría revocado los fallos de las instancias anteriores.

En Contexto ya les habíamos presentado un caso concreto el 7 de agotso de 2008 en "La Justicia determinó que el consumo privado de droga y en “escasa cantidad” no es ilegal". Pueden verlo desde este link: http://jorgeanunziato.blogspot.com/2008/08/la-justicia-determin-que-el-consumo.html.

Por otro lado, y lo que es peor, el ejemplo judicial es otra victoria de la libertad individual por sobre los prejuicios o la "opinología" sobre la vida privada e íntima de las personas. En los grandes medios esto se deja de lado, para reemplazarlo por el chiste fácil y la banalidad (funcionarios con plantas de Cannabis, referencias al difunto cantante de reggae Bob Marley, etc.).

Una vez más, el periodismo realmente independiente, y de pequeños medios, venció a los grandes y poderosos multimedios. Sólo que serán pocos los que verán la realidad.

viernes, 14 de agosto de 2009

Sobre-Vivir en un departamento de Capital (Cuento-Última Parte)

Las cotidianas peripecias de un habitante común y corriente, en un día que desearía que no fuera tan común.

Semejante alboroto comienza ya a molestarte. Sumado a todo, el chico de abajo – porque tenés la impresión que es alguien joven, un estudiante; es difícil conocer a los vecinos cuando nunca se está en el departamento – conectó su novísimo y potente equipo musical. Se suscita una repetición constante de vibraciones – que hacen peligrar la integridad de los vidrios de tu departamento –, ruidos y golpes, todo al ritmo de “El muelle de San Blas”, del grupo mexicano Maná. Lo único que logra superar aquellos decibeles, a modo de acompañamiento extravagante, son los gritos de la familia y el chirrido histérico de los pájaros.

Desesperado, empezás a pulir aquel texto comercial que tu jefe necesita para el mediodía. “En algún momento este manicomio tiene que terminar”, pensás, más con anhelo que con convicción. Pero no es así. Se suman: los portazos que dan varios vecinos del piso al entrar y salir de sus casas – con esa violencia contenida que parecen estar empecinados en descargarse contra cualquier puerta con la que se crucen –, las corridas de los niños por los pasillos del edificio – con vacaciones obligadas debido al “alerta-no tan alerta sanitaria” –, el rugir de los muebles contra el piso de la anciana de arriba – quién sabe cómo logra mover todo; con sus aparentes ochenta años le has abierto varias veces la puerta de la calle, pero resulta que en su domicilio es más parecida al increíble Hulk que a la viejita de Twity – y, lo que no podía faltar, una discusión entre el encargado y el cobrador de la inmobiliaria, justo frente a tu puerta.

Al borde del colapso, das los últimos retoques al texto. Ya decidido a enviarlo, se activa la ruidosa bomba de agua del edificio – que por las noches se siente como si estuvieras durmiendo en un cuarto de máquinas – al mismo tiempo que se inicia el movimiento de un ascensor. El destino está en tu contra: el pico de consumo hace que se produzca un bajón y te apague tu PC, justo cuando estabas por grabar el material.

Las explicaciones posteriores que le expones a tu jefe son inevitablemente poco convincentes. Nadie puede creer que esto suceda en un pequeño departamento de capital, y que todas cuestiones desencadenen semejante conflicto, que culmine con el impedimento de entregar un trabajo a tiempo. Ni siquiera cuando estabas iniciando la defensa a tu favor sabías que lo que saldría de tu boca sería creíble. ¿Un día que se da como obligada actividad laboral hogareña y, justo ese día, es en el que todo surge en tu contra, impidiendo que cumplas con tus obligaciones profesionales? “Suena más a "me volví a meter en la cama y me quedé dormido"”, diría la sabiduría popular.

Al día siguiente decidiste ir contra las recomendaciones y enfrentar los peligros: sortear el tránsito, el tumulto de gente en el subte, al taxista malhumorado que toca la bocina como si se fuera a acabar el mundo y a los que doblan la calle sin darle la prioridad al peatón. Y no sólo eso: a la gripe por Influenza A (H1N1); a las noticias en los diarios del INDEC que no coinciden con los precios en los comercios; a los clientes que quieren todo para ayer; a las largas filas en los bancos sólo porque las empresas no contratan a más personal por la crisis financiera – siempre hay una excusa –; a la caca de los perros que minan la higiene local y amenazan con enfermarnos a todos – más que la gripe por Influenza A –. Y todo ello, por no estar ni un minuto más en el departamento, aquel rincón que debería existir para desconectarse, pero que sólo termina siendo una extensión del mundo estresante en el que nos toca vivir.


sábado, 8 de agosto de 2009

Sobre-Vivir en un departamento de Capital (Cuento-Primera Parte)

Las cotidianas peripecias de un habitante común y corriente, en un día que desearía que no fuera tan común.

Varias veces nos despertamos a la mañana para realizar nuestras actividades diarias y nos encontramos con que el vecino de al lado, quién se levanta antes que vos - siempre existe alguno, por más madrugador que seas - tiene la radio a todo volumen.

Resuelto a no empañar tu día desde tan temprano, intentás evitar que este hecho te perturbe. Después de varios "om" y control mental, entrás en la ducha y te preparás para el arduo día que se avecina. Es entonces cuando, la mujer del segundo, saca su precaria jaula en aquel patio-terraza minúsculo – que sirve más como bodegón que como un “espacio abierto y verde” – y te acribilla con sus dos no-tan-pequeños pájaros que emiten un sonido aterrador: un chillido penetrante que ni siquiera se asoma al canto de un ave como la gente – un canario, o un ruiseñor, por ejemplo –.

Frente a esto, y sólo ese día porque realmente te levantaste optimista, repetís mentalmente unas cien veces que “todo está bien” y te bañás, tomas un té o mate con unas tostadas y te vestís. Una llamada telefónica detiene tu salida a la calle: debido al brote “repentino” y mediático de la gripe por Influenza A (H1N1), tu jefe te informa que trabajarás desde casa, en tu computadora. El sólo hecho de evitar el bullicio y tránsito de la calle – y el poder ponerte nuevamente el pijama; hay que reconocerlo, soñabas durante mucho tiempo con poder hacer eso un día laboral – hace que saltes de alegría, pero simules preocupación al otro lado de la línea.

Sentado ya en tu computadora, abrís tu casilla de correo y algo detiene el ingreso de emails. Evidentemente, algún amigo o compañero te envió uno de esos correos electrónicos pesadísimos, de tres megas, que sirven más de tapón binario que de otra cosa. Mientras esperás a que las actividades que te envió tu jefe lleguen a tu bandeja de entrada – pulsando esquizofrénicamente F5 en el teclado –, suspirás aliviado porque el vecino, que se levanta temprano, apagó la radio y se fue. Aún así, el horrible chirrido de los pájaros se mantiene concienzudamente, poniendo a prueba tus sentidos, traspasando toda pared, ventana y puerta existentes. Están allí, como si los tuvieras a un costado de tu sala.

El correo al fin llega, lo abrís, decidido a avanzar las tareas profesionales de una vez por todas, antes de que tu jefe te recrimine el retraso por chat. Ya a esa altura, la familia ubicada en un piso más abajo y al costado de la columna de departamentos de tu ubicación, se despertó. Nuevamente, debido a las medidas improvisadas por el brote de gripe por Influenza A (H1N1), el padre, la madre y el niño de cuatro años están allí – el pequeño pareciera que hace un lustro tiene esa edad –. A grito “pelado”, el infante le reclama atención a sus progenitores, quienes, a su vez, están entrelazados en una discusión acalorada, siendo “idiota” y “tarada” los epítetos más decorosos.

(Fin de la primera parte)